Sería sobre los 70 cuando mi profesor de físicas lanzó sin compasión alguna a sus alumnos, aquello de la teoría de la relatividad de Einstein. Lo cierto es que a mí, personalmente, me apasionaba ese mundo nuevo que asomaba la nariz, llena de átomos compuestos de electrones negativos dando la vara y girando como locos alrededor de un núcleo, que como el empollón en el parque, estaba en el medio aburrido, y encima, de positivo. Pero no contentos con eso, los electrones de la última fila (ahora se les llama hiperactivos o con déficit de atención) se largaban con otro átomo y hala!!, se convertían en otra cosa (muchos de generaciones posteriores terminaron de drag queen). Pero un día, no sé a cuento de qué porque juro que no estaba en el temario, comenzó a contarnos la historia del tren y del niño con la pelota, del haz de luz y de la relatividad de los sucesos dependiendo del observador. Todo un lío, pero a mí, eso de la relatividad, me abrió las carnes sin opción a otra cosa que al estupor. Como una mala remendadora, cogí desde entonces el hilo de la relatividad para hacer con ella una doctrina personal que traspasa al mismo Einstein por la médula. Crucificadico lo tengo y colgao del pecho y a él suplico un gramo de luz para el agüjero negro en el que moro cuando, de puro listillo televidente, veo, juzgo y condeno.
Todo es relativo. Nada es lo que aparenta ni lo que parece. Todo nuestro comportamiento está sometido a multitud de leyes incompresibles que desafían la gravedad (la una y la otra), desfribilan la luz que nos viene del pasado, amasamos un futuro chungo y metemos presión para cocerlo todo. Así es que como para abrir la boca.
A la Choni del barrio se le acumulan los pecados y muchos de ellos juro que son muy gordos, pero desde luego, no el abrazar a Buda sin embargo, los dos dicen lo mismo (la Choni gritanto, claro): Aquí y Ahora.
