LUGARES MÁGICOS
El Hombre mira al cielo en busca de respuestas y pregunta, desde sus
inicios como ser pensante, su devenir. El Hombre sumerge su mirada en
el infinito del cielo estrellado y oscuro para escudriñar entre ese
aparente caos que intuye divino, señales, símbolos, apariencias o
certezas que guíen su camino, que aseguren su sustento; augurios que
iluminen sus dubitativos pasos por una existencia llena de
sobresaltos e inesperadas diásporas que al igual de enormes abismos
terrenales se abren en su espíritu indeciso. Y en ese incesante
escudriñar por el aparentemente tenebroso firmamento en busca de
respuestas y seguridad ante lo mundano, aparece lo divino, surge la
mano maternal que distingue lo bueno de lo malo, desciende desde el
infinito estrellado, o del mismo Sol, la sabiduría suprema y
todopoderosa, el poder hacedor, el ojo escudriñador al que ningún
humano puede ocultarse.
El Hombre inseguro de su propia capacidad o para asegurar su poder,
se adueña de ese firmamento inaccesible al mismo tiempo que
previsible en sus etapas e inabarcable, para depositar en su
magnificencia el poder de su misterio e interpretación y de esta
manera abre una inmensa puerta para que lo mágico descienda de ese
mismo cielo, como un halo misterioso de poder y sabiduría, hasta el
mundo terrenal, mortal y eficaz dominio de abductores morales que
aliados con la fuerza de la naturaleza y del mundo celeste traducen
y crean símbolos y señales conectadas con la sabiduría ancestral,
bien para su propio beneficio, bien al servicio de quienes guían el
destino de la mayoría.
Dioses poderosos surgidos de la fantástica interpretación de
sucesos astronómicos cotidianos como el amanecer o el anochecer, o
humanos como el nacer o el morir, extraordinarios como la fertilidad
o la escasez, necesarios como la caza o el cultivo. Y entre ellos se
cierne como todo poderoso, el rey Sol como fuente de toda
magnificiencia y fuerza, que nace y muere cotidianamente para vencer
eternamente sobre la oscuridad. Ese mismo dios Sol que en Turba,
ancestro de Teruel, los celtíberos ya dotaron de la magia
procreadora, fértil y belicosa cuando escogieron -seguramente al
dictado de fuerzas para nosotros incompresibles- que aquel
altiplanicie gélido y fértil serpenteado por un rio que más tarde
se denominaría Turia, sería el Lugar, un lugar mágico que
albergara su existencia y las de sus descendientes. Una tierra
bruñida por pueblos dispares que a fuego y sangre esculpieron un
pasado convertido en cenizas de donde surgen a doquier restos
diminutos de donde imaginamos comercio, ritos, luchas, cacerías,
dioses, fertilidad y muerte, que no olvido.
Como en otro lugar y en otro tiempo, también en una altiplanicie
situada en el centro de Mexico se erigía al Dios Sol y a su
benevolencia y cómo no, a su ira sobre todo lo humano y divino,
pirámides desde donde derramar la sangre fertilizadora, desde donde
la vida se transfería a lo trascendente y a la magnificencia del
paraíso. Un lugar mágico conectado, estructurado desde el norte al
sur, desde el este al oeste como una dispersión de coordenadas que
buscaran el infinito de su propia grandiosidad. Los mexicas abrieron
las puertas al misterio teotihuacano aún sin resolver pero que, a
igual que entonces, conserva la magia de un emplazamiento humano con
dimensiones y objetivos que se nos escapan. Grandes avenidas,
espacios grandiosos que nos dan medida de una sociedad populosa y
organizada, próspera pero abandonada sin una razón que ni los
dioses ni los terrenales nos argumenten.
Cuando la tierra tiene el color de la sangre, las arcillas que la
conforman componen historias que anónimas manos mágicas cuentan a
través de las formas y los usos. Legajos inconformes con un destino
anónimo que llegan a nosotros en formas de cerámicas y murales para
descubrirnos retazos de historias que, como en un rompecabezas,
compondremos para crear un hilo conductor que se adentre en el pasado
y descifrar modos de pensamiento y vida. Dos pueblos perdidos entre
ellos en medio de coordenadas temporales y espaciales que sólo el
mundo mágico e incompresible que desciende de las estrellas y emana
desde el origen de la tierra puede comprender. Dos Lugares que
marcaron para siempre señales venidas del cielo, dos historias
contadas a través de arcillas rojas como sangre derramada por el
valor, por el más allá, por rituales umbilicados en dioses como el
Sol y la Luna; Lugares tan diferentes como los Monotes en Teruel o la
calle de los Muertos en Teotihuacan enraízan sus orígenes en
universos mágicos que, cómo pócimas procreadoras, fertilizan la
historia humana dotándola de la savia necesaria para que los dioses
que la abrazaron, sigan creyendo en nosotros, no sabemos si justos
herederos del misterio que encierran.
