Pepe se sienta en la repisa baja que forma una enorme vidriera de un conocido hotel de la ciudad. Frente así, a varios metros, el Ebro fluye como la sangre en una gigante vena, asegurando el pulso a una ciudad que se despedaza perezosa.
Son los primeros rayos de un sol invernal. Apenas calientan pero dan una sensación de seguridad. Pepe siente un leve calorcillo en el rostro que le transporta a mundos pasados y llenos de luz.
Embutido en un enorme y raído abrigo con las solapas subidas, cierra los ojos como queriendo atrapar uno a uno los colores ocultos de esa luz que ilumina la barba descuidada de varios días y cierta roña que ensombrece su frente.
Despatarrado y con los brazos cruzados como abrazando un jueves anónimo, anodino pero soleado, oye las voces de otros ancianos mucho mejor vestidos -procedentes de la residencia existente junto al hotel- formando pequeños corrillos en apenas dos metros, como en la lejanía, como el susurro aburrdio de una brisa fantasma.
Tiene la obesidad del abandono y unas cejas excesivamente pobladas, el pelo cano teñido en mechas amarillas de suciedad y las puntas de sus zapatos abiertas. Nadie se atreve a sentarse a su lado, nadie osa romper su aptitud de abandono.
No sé si se llamará tan siquiera Pepe. Pero mientras lo observo, agarrado estúpidamente al volante que me conducirá a mi destino mientras se pone verde el semáforo que me ha retenido, envidio esa sonrisa natural y satisfecha que los primeros rayos de sol de la mañana de este jueves, ha pintado de color en su rostro. Arranco con la envidia y el deseo frustrado por no poder atrapar una pizca de esa felicidad, de ese momento, de ese calorcillo que se aposenta con toda sencillez en su corazón.