lunes, 18 de mayo de 2015

EL CORDÓN UMBILICAL

Desde el mismo momento en el que el espermatozoide se cuela como un "espalda mojada" en las entrañas de la madre naturaleza, que a la sazón y por aquellos incomprensibles designios humanos, llamamos óvulo, desde ese mismo momento decía, las Cosas toman derroteros que se escapan a nuestra explicación, por mucha teoría sobre la multiplicación celular que nos quieran dar. Y es en ese momento cuando (o quizás un poco más tarde), nos fabricamos el cordón umbilical para vivir a expensas de quien haga falta. Popularmente se cree que cuando  nacemos, el médico, matrona, o quien le toque la tarea, nos lo corta para convertirnos en seres independientes. Ja. Eso lo harán las hormigas de la Patagonia. Los humanos, cuando el instrumento afilado corta el susodicho cordón que nos une a la progenitora, se activa de manera automática la wifi. Con una efectividad asombrosa, rastrea cual sabueso hambriento la conexión afectiva más cercana e intensa. Y ahí estamos. Como el género humano es hipócrita por naturaleza, tendemos a llamar a las cosas de manera que parezca lo que no es, o viceversa: que no parezca lo que realmente es. La cuestión es que el cordón umbilical (o wiffi afectiva)nos acompaña hasta los restos, y andamos toda la vida con la antenita buscando redes amorosas, comprensivas, pacientes y a ser posible, con buena cobertura o intensidad, vamos, que marque todas las rayas posibles.
Parece una tontería y nos puede causar risa, pero realmente resulta patético. La ley del mínimo esfuerzo impera a sus anchas en el ser humano. Para qué buscar en nosotros mismos aquello que demandamos de los demás, nos decimos en segundo plano de nuestro inconsciente (el primer plano lo utilizamos para  cosas más importantes como vigilar el güasap mientras nos bebemos unas cañas con los amigos). No tiene sentido el esfuerzo. Algún pardillo/a nos lo proporcionará por la jeta.
Lo malo ó más bien, el problema, es que todos andamos buscando la misma carencia y así es difícil completar una transmisión de datos correctamente y la conexión terminar por cortarse.

Tao, mi amigo can, me mira desde la placidez de su alfombra buscando y esperando la complicidad de un gesto mío para acercarse e intercambiar galletas de cariño. El no sabe de güifis ni las necesita. Simplemente me lo da todo a cambio de lo que caiga, que es incierto. Y si mañana lo abandonara, se buscaría la vida con o sin galletas, porque estoy seguro que la felicidad consiste simplemente en eso, en buscarse la vida uno mismo a base de olfato.

viernes, 15 de mayo de 2015

EL EQUILIBRIO

La moneda se sostenía vertical en un difícil equilibrio gracias al maltrecho estado del mostrador, donde la mugre era sólo uno de los males que soportaba. Pero ahí estaba la moneda de canto desafiando todas las leyes inimaginables incluidas las dictadas por la sabiduría humana. La observaba reposando la cabeza sobre sus brazos doblados y apoyados inconscientemente sobre el mostrador. Le venían recuerdos de su juventud, en la escuela, cuando su profesor de matemáticas explicaba sobre el encerado aquello de que una tangente era una línea recta que cortaba al círculo en un punto. En un principio, y por aquellos años, ese asunto de las rayitas jorobando los círculos pasando por encima, por debajo, por el centro y por donde Dios les diera a entender oníricamente, verdaderamente le parecía una pérdida de tiempo digna de un maestro que malvivía explicando banalidades a jóvenes con hambre de mundo, seguramente porque –pensaba- sería incapaz de trabajar como los demás hombres que se dejaban la piel por levantar a ese país con piel de toro, como decía su padre. 
Pero ahí estaba, sí señor, la prueba irrefutable de que ese pobre profesor tenía razón. Esa moneda circular la sustentaba un solo punto –de mierda, eso sí- pero un solo punto. El mostrador era la tangente –afirmó para sí mismo, sorprendiéndose de su aún fresca agudeza intelectual- y la moneda, el círculo que el maestro trazaba en el encerado. 
-¿Qué extrañas fuerzas existen para que una pieza de metal redonda se sujete en un punto?
Se lo preguntó en voz muy baja, casi un susurro, pero fue suficiente para que Pedro, el camarero –propietario autónomo, defraudador veterano, divorciado, secreto mordedor de uñas y dotado por la madre naturaleza de un oído excepcional- oyera parte de la importante reflexión. 
-Joder tío, vete pagándome ya questás al límite y no tengo ganas de más broncas. 
El cielo es inmenso y tiene dos posiciones: abierto (hace sol) y cerrado (nublado) y los intermedios los ignoramos porque sólo sirven para avisar. Pero mira, en ese momento aún de noche cerrada, el cielo hizo una excepción y se abrió de un golpe en su mente algo atrofiada por los años, el alcohol y multitud de excesos que no viene al cuento, para iluminarla…, ó mejor sería pensar que sobre todo, para llenar huecos. 
-Un lado es el positivo y el otro, el negativo. Un lado es el bien, el otro el mal. Un lado es lo justo, el otro lo injusto. Un lado es el amor, el otro el odio. Un lado es la paz y el otro la guerra. Un lado es la izquierda y el otro, la derecha. Es como un mudo perfecto, en equilibrio, donde las fuerzas de un lado contrarrestan las del otro para que todo funcione. 
La maravilla de su descubrimiento le embelesó durante un buen rato, sobre todo porque sus neuronas buscaban a toda pastilla una conclusión práctica, un resumen inspirador que arreglara la mierda de mundo que, casualmente, una hermosa presentadora de noticiero se esmeraba en suavizar con noticias cutres de bebés tirando papillas a sus padres, entre risas. Pero fue en balde. Ese jodido equilibrio no tenía utilidad, no le colgaba enseñanza alguna, vamos….. que no servía para nada. 
Una palmada de Pedro en el mostrador hizo que la estúpida moneda que no enseña nada, cayera hacia un lado, no antes de dar un buen salto. 
-Son diez y seis euracos a toca teja…. 
El Boinas sacó los quince restantes y los dejó sobre el mostrador sin mirar a Pedro. Fue entonces cuando entendió todo: El punto que sostenía el equilibrio, la moneda, el todo, era…. un punto de mierda.