domingo, 26 de mayo de 2013

Domenico Modugno


El pasado día, me tropecé con un viejo amigo. Nuestra amistad databa de una época en la que muchos españoles descubrimos a fuerza de amargura, la palabra "inflacción", ahora de uso corriente, pero en aquel entonces muchos la aprendimos a fuerza de buscar un empleo que no encontrábamos y por el que todos suspirábamos. Por la televisión y prensa de entonces, aprendí que aquella desgracia se llamaba crisis y la desencadenó la inflacción. Eran tiempos hermosos no obstante: estudios terminados (y si no, pues tampoco importaba), juventud y un futuro por construir. No nos resulto dificíl reconocernos porque a pesar de que nuestros rasgos físicos habían sufrido notables transformaciones, conservábamos el mismo aire por el que nos reconocimos. Me alegré de verle, pero pasado el minuto inicial de nuestro encuentro (abrazo efusivo, apretón de manos intenso, mirada escudriñadora y repaso a lo alto y ancho de nuestra anatomía) nos repetimos al unísono la obligada pregunta de rigor: ¿pero qué es de tu vida?. Mi silencio cortés lo interpretó como una licencia para hacer de mi saludable educación una conferencia sobre el triunfo personal ante la adversidad, sobre cómo se construye el imperio de la felicidad sobre un mercedes, un chalé en no se dónde, los veranos en la montaña, y la bodega de su casa en montecanal, la carrera tan impresionante de los hijos, para terminar con un doctorado en política de la verdadera, es decir esa que empieza por la frase "lo que yo te diga" y " no te equivoques". Lo cierto es que a los dos minutos mi cerebro (que es un borde) se desconectó y sólo filtraba las frases precisas para no perder la idea de la conferencia. No me quejo porque a veces también se aprende, pero por lo demás, puro coñazo, así es que mientras me detallaba la decoración de su bodega (una colección de antigüedades no es muy original, pero da mucho de sí) mi pensamiento se largó por otros derroteros, recordando algunos detalles de nuestra amistad. Recordé algunas noches de fin de semana, cuando quedábamos en una cantina cutre del barrio con gramola incluida y futbolín. La C5 era “la Lontananza” de Domenico Modugno, un italiano del que a la postre se conocía al dedillo sus letras y gustaba imitar (y no lo hacía nada mal). Esperábamos a juntarnos la cuadrilla de amigos con chatos de vinos en unas mesas de madera que hasta las moscas temían posarse para evitar quedarse atrapadas por la mugre. Lo importante era que por 100 de las antiguas pesetas, el vino espeso nos ponía a mil por hora las hormonas, teníamos música y un par de partidas al futbolín para que la adrenalina se pusiera en marcha. Después de aquello, el resto de la noche era pan comido. Pero lo mejor era la vuelta a casa. Andando desde el centro de la ciudad, cogidos del hombro (hoy nos cuestionarían nuestra hombría) recordábamos entre risas las anécdotas de la noche, casi siempre historias sobre ligues frustrados, de enamoramientos imposibles, de bailes "lentos" con chicas de ensueño.... En las noches de verano cruzábamos el parque de Pignatelli andando sobre una nube etílica que nos obligaba a tirarnos sobre los bancos para recuperar el aliento y allí, en pleno agotamiento, terminábamos elucubrando, soñando, imaginando nuestro futuro, maldiciendo todo aquello que se interponía entre nosotros y el éxito y que no entendíamos muy bien porqué pasaba.
Decidimos dejar la anónima frialdad de la acera en la que nos encontramos, por la calidez de una cafería próxima. Un café y un cortao dieron paso -creo recordar- a relatarme unos cuantos viajes exóticos. Como la cosa iba para largo, mi puñetero cerebro hizo otra de las suyas y se me largó por los túneles del tiempo a través de conexiones neuronales que la verdad, consideraba ya como perdidas y rememoré cuando una de aquellas noches, un amigo en común lloraba como un niño porque su chica se largó con otro. Lo cierto es que ver llorar y sufrir a un chavalote como aquel, como lo éramos todos, ahora me impresiona mucho más que entonces. Todos compartíamos su desconsuelo y amargura porque seguramente la quería de verdad, porque seguramente era su primer amor, ése amor que te ponía la carne de gallina cuando la besabas y te pegabas dos noches sin dormir de la emoción, ese amor del que ya te veías con retoños, trabajo, coche y fortuna. Pero este chico se equivocó en la elección, la verdad sea dicha, porque todos sabíamos que se suponía un dulce con aspiraciones a pastel de chocolate y era cuestión de tiempo que al pobre le pasara factura su sueño imposible. Aquella noche la situación nos amargó la madrugada. Todos como una piña le arropábamos como podíamos y sabíamos: unos con chistes y gracias que venían a cuento, otros con consejos baratos frutos de nuestra inexperiencia, otros con lamentaciones y sentencias que definían de alguna manera al género femenino, otros callaban y oían porque en el fondo escondían un amor del que temían que les pudiera pasar tres cuartos de lo mismo. Al final llegaba el agotamiento, llegaba la claridad del nuevo día, el frescor de la mañana y el silencio. Ya no quedaban lágrimas, consejos ni chistes. Ahora me doy cuenta que era el momento inexorable del tiempo. Nos fuimos cada uno a nuestra casa, pasaron los días y aquella noche se convirtió para todos en una anécdota más, una noche donde algo se pierde y se despoja y al mismo tiempo te une. Nada más. Seguramente mi amigo recordará de por vida aquellos besos, aquellos tocamientos en la oscuridad de la discoteca, aquel amor fresco, luminoso; recordará de por vida su nombre que se repetía y escribía por doquier en cuadernos, paredes, y puertas de baños junto a corazones henchidos y orgullosos. Será un recuerdo al que se aferrará en ciertos momentos porque son regalos que la vida nos deja para que podamos refugiarnos, acurrucarnos en él, sentir calor y humanidad.
Ya no quedaba ni café ni cortao en las tazas cuando me devolvió la temida pregunta ¿y tú qué tal?.
No me dejó pagar la consumición ni yo insistí. A ver si nos llamamos -mentimos-. A ver, nos contestamos. Seguramente mi viejo amigo como tenía tantas cosas que contarme, no tuvo tiempo de recordar lo más importante de nuestra amistad. Lo único importante que nos unió un tiempo. Lo más importe que hoy hace que yo, a mi amigo, le tenga que agradecer lo feliz que me hacía oír sus canciones de Domenico Modugno y que forman parte para siempre de un bello rincón de mis recuerdos.



sábado, 25 de mayo de 2013

Gregoria


Gregoria era octogenaria en un cuerpo delgado que dibujaba sin reparos la mayoría de sus articulaciones y revestida de una piel arrugada de donde saltaban inquietos dos menudos y escrutadores ojos. Su altura y delicado cuerpo, le daban un aspecto envidiable para su edad. Se sentaba casi siempre en el mismo lugar, una mesa alta redonda donde sólo era posible sentarse sobre una banqueta sin respaldo.  Unas gafas discretas de concha azul claro funanbulaban en el extremo más impredecible de su nariz.  Un sencillo jersey fino de cuello alto, unos pantalones de corte clásico y un moño que recogía su abundante pelo cano, sin complejos, completaban su aspecto de señora asentada en su edad, pero que mira aún con rencor la juventud que un día le robó los años. 
La taberna con decoración escocesa a esas horas de la mañana en las que Gregoria acudía fiel a su cita con el descanso estaba atiborrada de gente variopinta con sus mismas aspiraciones. Se situaba sobre una banqueta para poder desplegar su periódico sobre la reducida y elevada mesa redonda, para colocar su cortadito en un extremo. Sus dedos largos y finos se movían con lenta precisión entre los titulares, haciendo de guía a sus ojos que seguían con fidelidad la ruta que marcaban sobre el papel. 
Su larga vida de funcionaria y soledad profunda había forjado su carácter con filigranas modernistas y sus ademanes con gestos severos, firmes y de hierro templado. Su mirada reposada navegaba entre mares de opinión, asertivos artículos, complacientes titulares para, de vez en cuando, escrutar el entorno y volver sobre el papel. 
Todo en ella era igual desde hacía no se sabe ya cuánto tiempo. Cuando aprobó las oposiciones su vida se fue acomodando poco a poco a la sencilla placidez de la burocracia, en el anodino deambular de las horas, de los meses, de los años y de las décadas. La soledad entró un buen día por la puerta entreabierta de su tiempo para acomodarse en su corazón. Las amistades y los amores pasaron como en una procesión previsible, silenciosa y media luz de candelas e inciensos que llenaron de luces y sombras su existencia. Rondó la muerte y la vida a su alrededor, fantasmas y anodinos duendes que confundieron sus noches, y así quedó Gregoria, en esa estación vacía donde las vías chirrían más por el abandono que por el paso de anónimos trenes. 
En su memoria quedó tatuado el día en que como una clarividencia, percibió su virginidad como la costra de una herida que el destino le produjo, dura, agreste y definitiva. Y esa misma mañana escrutó por primera vez sus pechos con sus manos; no como una caricia, sino como una constatación de su triste existencia.
Removía el cortado con parsimonia mientras consumía con avidez un artículo. Sus largos y finos labios de pronto, dibujaron una leve sonrisa. Su espalda se curvó hacia el texto para no dejar escapar un matiz de aquel texto. Levantó su mirada con la rapidez del rayo para volver enseguida al mismo lugar, una vez se cercioró de su anonimato en medio de toda aquella gente que tomaba su desayuno ajena a su vida. 
Sabía que algún día alguien percibiría esa ausencia, alguien daría la voz de alarma sobre algo tan fútil pero necesario y que después de mucho, mucho tiempo,  algún avispado caería en la cuenta de que estaba sucediendo. Era el momento de Gregoria. Era su momento y le pilló así, un día corriente a una hora simple pero que aquel titular lo vistió de gala. Su respiración  se aceleró y no conseguía, debido a su delgadez simular la agitación de su pecho movido por la emoción. Se quitó las gafas con ademanes presurosos distintos a los que durante 40 años finalizaba la lectura del periódico.
Desde el extraño día en que encontró el primero, hizo de aquel secuestro un ritual que llenó los enormes huecos que tenía su vida, tendiendo un puente entre los abismos de su soledad y una labor que se convertiría en el verdadero sentido de su existir, dotándola de la fuerza necesaria para afrontar su destino con el orgullo de quien se sabe predestinada para llevar a cabo esa labor. 
Recorría las calles a partir de la caída de la tarde, justo en la frontera con la noche y antes de que ésta inundara la ciudad. Deambulaba sin destino fijo porque podía encontrar una víctima en cualquier lugar, a cualquier hora, en el rincón de la ciudad más común o al contrario, en el más inhóspito. Y lo que empezó siendo un mero capricho de su soledad incierta, se convirtió con el tiempo en una avidez desenfrenada que le 
consumía en ocasiones en las horas previas. 
Convencida como estaba de que nadie echaría en falta a sus víctimas, se afianzó en el hábito cotidiano de sus cacerías hasta que, el tiempo se fue acumulando en la misma charca que sus criaturas y el nivel que adquiría amenazaba con rebosar la discreción, situación que conforme se formaron las arrugas en su cuerpo, le resultaba más evidente la imposibilidad de mantener oculta su fechoría.
Y es que Gregoria, robaba amores huérfanos y los enterraba en la parte trasera de su casa, donde crecían Abufilias comunes que al florecer,  desprendían unas diminutas esporas que, suspendidas en el aire, recorrían los desiertos humanos hasta que se posaban y enraizaban para formar un bulbo de la que emergía una flor celeste y carnosa de un solo día, pero capaz de matar de pura melancolía.

Mi amigo Tobías


Artajal era el nombre de la ciudad secreta donde Ángel Tobías moraba. Encontrar los secretos íntimos de otros resulta excitante y emocionante conforme te acercas a la auténtica verdad de quien la oculta con tanto 
celo. Tobías era mi amigo desde lo menos 15 años atrás. Me costó casi uno entero -al principio de nuestra 
relación- arrancarle una frase de 5 palabras seguidas. Unos ojos y mirada oscura remataban un rostro ovalado, de tez blanquecina y de una delgadez ofensiva. De su cuerpo enjuto y largo colgaban a manera de
brazos unos huesos forrados de piel y rematados por unos dedos que se me antojaron, desde el día en que lo conocí, tenebrosos y poco dignos de confianza. Tal que así, este tipo me cayó bien nada más conocerlo. 
Pese a nuestra diferencia generacional (nos separan casi 20 años) o tal vez por ello, un instinto paterno filial 
hizo que cada vez que coincidíamos en una excursión, me aproximara a él e iniciara un monólogo, porque 
otra cosa era difícil. 
- Este chico da miedo... parece tan siniestro.... tan raro..... tan callao... -argumentaba mi pareja- No se que 
ves en él para darle tanto palique.  
Efectivamente, tenía hacia él una cierta tendencia amistosa que aparentemente no se era correspondida. 
Evidentemente nuestra relación cambió con el tiempo pero siguiendo sus patrones: nada de excesivas 
alegrías, bromas las justas, y los chistes bien argumentados para que pillara la lógica. A pesar de todo 
siempre lo trato como un amigo más, aunque Tobías por su parte, nunca me cuenta nada de su vida, salvo 
las dudas existenciales. 
El caso es que después de tantos años, noté hace un tiempo que algo en Tobías había cambiado. Más o 
menos su línea era igual de triste, pero sus frases superaban las veinte palabras y sobre todo, se reía de los 
chistes. Mejor dicho, sonreía con ellos.  Pronto supe el motivo de su cambio, y fue él mismo quien no pudo 
aguantar su secreto. 
Artajal era la ciudad digital donde mi amigo tenía montada una vida paralela y desde donde el muy bellaco 
ejercía de corsario en las redes. Tras el antifaz del alias “Montesinos” , tras la máscara de un avatar dotado 
de un insinuante tupé, este pirata tiraba del teclado con la gracia de un diestro maestro del florete, se lazaba 
por las lianas de la osadía con un desenvolvimiento digno del corsario que se cree dueño de los océanos 
digitales. Se mostraba locuaz, inteligente, rápido, gracioso, morboso hasta el límite de la indecencia, sensual, y sensible además de culto. Lo tenía todo y a todas. Montesinos realizaba sus incursiones en blogs, redes, páginas, chats... todo lo que se movía a través de la red, allí estaba mi amigo dejando secuelas y acotando su territorio, enamorando, engrosando su fila de seguidores. Nunca se daba a conocer pese a las numerosas solicitudes porque fuera de la pantalla luminosa de su ordenador, la sombra de Tobías oscurecía la gracia de Montesinos.  
Sentados en la mesa de una terraza lo observaba silencioso, acercando casi con miedo su taza de té a sus 
finos labios ocultos entre la densa barba. No me lo podía creer. 
-  La leche, qué complicado es todo esto –pensaba para mis adentros-  
Qué viejo estoy para estas cosas.

La primera la sangre altera

Dícese que la primavera la sangre altera pero estos calendarios que nos toca deshojar ( y que por cierto vuelven a ser de San Antonio, por aquello de ....) ya no son lo que eran. Este tiempo (más bien de nubes que de relojes) va descompasado y convierte la sangre roja y caliente de primavera en agua roja con sabor fresa. Este tiempo (más bien de relojes que de soles), paró la aguja pequeña en alguna estación olvidada y la máquina de nuestra vida va por raíles que no se bien, si encontrará estación donde bajarse con alegría. A esta primavera, como a este invierno y seguramente a muchas estaciones más que nos quedan por pasar desde la ventanilla de la pesadumbre, le pondremos flores de los chinos y soles de madera. Posiblemente la única esperanza sea contar los latidos para asegurarnos de que somos vivos, porque estar, lo que se dice estar, somos ausentes.



El abuelete del bus

- Buenos dias - saludó el abuelete al sentarse junto a mi asiento en el bus- 
-Buenos son, -le contesté sorprendido- buenos son aunque nos ahogemos
-Me gusta saludar por aquello de no perder las buenas costumbres -se excusó-
-Hace bien buen hombre. Nos hemos vuelto salvajes. -sentencié-
El abuelete se aferraba con las dos manos al asidero del asiento delantero en una postura forzada disparando miradas inquietas por unos ojillos diminutos sumergidos en arrugas impenitentes.
-Oiga, es que ya no hay educación.
No recuerdo ya la retaíla de opiniones que me vomitó sin piedad en apenas 10 minutos porque, sin quererlo ni desearlo, la corriente de su soledad me arrastró sin piedad por cada uno de los surcos que la impaciencia labró en su rostro, porque el abuelico aferrado con sus gruesos dedos al asiento delantero , se comió la vida sin masticar un sólo bocado y ahora, en ese preciso instante, Aquilino -que así se llamaba- el tiempo le ardía en el estómago y se preguntaba si merecía la pena nacer para terminar hablando en el autobús con un tipo como yo, perdido entre sus recuerdos huerfanos.


Mi amigo Tao

Mi amigo es lo que los entendidos llaman "un perro de agua". Yo no entiendo de perros, pero algo sí, sobre los amigos. Y Tao, mi amigo perro de agua, tiene unos ojos marrones que más bien se intuyen, porque en la realidad se esconden tras una mata de pelo. Todo un misterio de la naturaleza que mi amigo, al que no se le ven los ojos ni por asomo, cómo enfila su morro negro hacia mi (por lo que supongo que me mira) y ahí permanece, con respeto a cierta distancia, esperando con paciencia canina un sólo gesto mio para entregarme el cariño que me guarda celosamente. Y es que, mi amigo Tao, es mi maestro en esto de las lides del querer.


Mis vecinas las chonis

Torrero era un barrio obrero de Zaragoza algo particular. Sólo se podía acceder a él por un puente y yo lo crucé sin mirar atrás hace cerca de cuarenta años con una mochila llena de ilusiones y futuro. A veces me asalta la certeza de que los avatares de las personas (particularmente en mi vida) forman un círculo, de tal manera que volvemos a nuestros orígenes emocionales y físicos, pero con otro equipaje. Yo he vuelto a cruzar ese mismo puente no hace ni medio año con la mochila llena esta vez, de recuerdos. Como debe ser, todo ha cambiado. Ahora lo correcto es definirlo como un barrio multicultural. Convivo con unos pocos chinos que regentan los pocos comercios tradiciones que quedan, negros, polacos, marroquíes, argelinos, rumanos,....unos pocos abuelos oriundos del barrio que salen de sus casas agachadicos y a todo meter, como temiendo a algún francotirador, o al atracador, o a qué se yo. Pero sobre todo, quedan gitanos (de los de negro) y las chonis. Confieso que nunca las había visto ni oído tan de cerca. Me las suelo tropezar en dos zonas según sea verano o invierno, pero casi siempre en el mismo sitio: un pequeño bar (antes se llamaban tascas) frente a una plazoleta y sentadas en las breves escalinatas de otro bar más grande. Reconozco que me desvío en muchas ocasiones para verlas y oírlas: con enormes tetas amenzando saltar de sus escotes y comerse la miseria de los chulicos tatuados que las escoltan, los pantalones tan ceñidos y cortos que apenas cubren una cinta que, cual gusano impúdico, se adentra hacia las oscuras profundidades de su trasero; son crías que -estoy seguro- algunas de ellas todavía se descuelgan de la adolescencia. Cabreadas, maldicen voz en grito con espavientos plañideros y gestos que, aunque obscenos, de tan cutres, producen gracia. Contentas, cantan a dúo canciones melodiosas de desengaños, de abandonos, de amores incomprendidos, de quereres hasta la muerte. Y entre un estado y otro, se abandonan en cualquier postura rumiando chicle, calando cigarros que van pasando de morro en morro hasta dejarlo rojo pasión del carmín. A veces se quedan como embelesadas mirando sin ver, mirando el querer que nunca tendrán de sus hombres, gallitos más maduros que ellas con la piel bordada con lagartos, serpientes, rostros de Cristo, sandocanes.....Machos que las vigilan como a perras en celo. Si miran las uñas, se retocan los moños, se vigilan las tetas, se las remangan y repretan para acentuar la profundidad de la caneleta. De vez en cuando se incorporan para subirse las pantys al nivel que marca la incipiente barriga. Todo un triste ceremonial gestual que se repite día tras día.
- ¡¡¡ Déjame en paz puta de los cojones y deja de chuparme el chocho con tanta mierda..... cabrona !!!
Saltó la chispa y será el preludio de una bronca que dará sentido a este día porque a esas niñas que juegan a mujeres, alguien les robó a mano armada su existencia para dejarlas vacías y tiradas de esa guisa en un mar muerto de horas, días y años en los que, seguramente, se ahogarán.