Desde el mismo momento en el que el espermatozoide se cuela
como un "espalda mojada" en las entrañas de la madre naturaleza, que
a la sazón y por aquellos incomprensibles designios humanos, llamamos óvulo,
desde ese mismo momento decía, las Cosas toman derroteros que se escapan a
nuestra explicación, por mucha teoría sobre la multiplicación celular que nos
quieran dar. Y es en ese momento cuando (o quizás un poco más tarde), nos
fabricamos el cordón umbilical para vivir a expensas de quien haga falta. Popularmente
se cree que cuando nacemos, el médico,
matrona, o quien le toque la tarea, nos lo corta para convertirnos en seres
independientes. Ja. Eso lo harán las hormigas de la Patagonia. Los humanos,
cuando el instrumento afilado corta el susodicho cordón que nos une a la
progenitora, se activa de manera automática la wifi. Con una efectividad
asombrosa, rastrea cual sabueso hambriento la conexión afectiva más cercana e
intensa. Y ahí estamos. Como el género humano es hipócrita por naturaleza,
tendemos a llamar a las cosas de manera que parezca lo que no es, o viceversa:
que no parezca lo que realmente es. La cuestión es que el cordón umbilical (o
wiffi afectiva)nos acompaña hasta los restos, y andamos toda la vida con la
antenita buscando redes amorosas, comprensivas, pacientes y a ser posible, con
buena cobertura o intensidad, vamos, que marque todas las rayas posibles.
Parece una tontería y nos puede causar risa, pero realmente
resulta patético. La ley del mínimo esfuerzo impera a sus anchas en el ser humano.
Para qué buscar en nosotros mismos aquello que demandamos de los demás, nos
decimos en segundo plano de nuestro inconsciente (el primer plano lo utilizamos
para cosas más importantes como vigilar
el güasap mientras nos bebemos unas cañas con los amigos). No tiene sentido el
esfuerzo. Algún pardillo/a nos lo proporcionará por la jeta.
Lo malo ó más bien, el problema, es que todos andamos
buscando la misma carencia y así es difícil completar una transmisión de datos
correctamente y la conexión terminar por cortarse.
Tao, mi amigo can, me mira desde la placidez de su alfombra
buscando y esperando la complicidad de un gesto mío para acercarse e
intercambiar galletas de cariño. El no sabe de güifis ni las necesita.
Simplemente me lo da todo a cambio de lo que caiga, que es incierto. Y si
mañana lo abandonara, se buscaría la vida con o sin galletas, porque estoy
seguro que la felicidad consiste simplemente en eso, en buscarse la vida uno
mismo a base de olfato.

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