martes, 1 de noviembre de 2016

LUGARES MÁGICOS

 El Hombre mira al cielo en busca de respuestas y pregunta, desde sus inicios como ser pensante, su devenir. El Hombre sumerge su mirada en el infinito del cielo estrellado y oscuro para escudriñar entre ese aparente caos que intuye divino, señales, símbolos, apariencias o certezas que guíen su camino, que aseguren su sustento; augurios que iluminen sus dubitativos pasos por una existencia llena de sobresaltos e inesperadas diásporas que al igual de enormes abismos terrenales se abren en su espíritu indeciso. Y en ese incesante escudriñar por el aparentemente tenebroso firmamento en busca de respuestas y seguridad ante lo mundano, aparece lo divino, surge la mano maternal que distingue lo bueno de lo malo, desciende desde el infinito estrellado, o del mismo Sol, la sabiduría suprema y todopoderosa, el poder hacedor, el ojo escudriñador al que ningún humano puede ocultarse.
El Hombre inseguro de su propia capacidad o para asegurar su poder, se adueña de ese firmamento inaccesible al mismo tiempo que previsible en sus etapas e inabarcable, para depositar en su magnificencia el poder de su misterio e interpretación y de esta manera abre una inmensa puerta para que lo mágico descienda de ese mismo cielo, como un halo misterioso de poder y sabiduría, hasta el mundo terrenal, mortal y eficaz dominio de abductores morales que aliados con la fuerza de la naturaleza y del mundo celeste traducen y crean símbolos y señales conectadas con la sabiduría ancestral, bien para su propio beneficio, bien al servicio de quienes guían el destino de la mayoría.
Dioses poderosos surgidos de la fantástica interpretación de sucesos astronómicos cotidianos como el amanecer o el anochecer, o humanos como el nacer o el morir, extraordinarios como la fertilidad o la escasez, necesarios como la caza o el cultivo. Y entre ellos se cierne como todo poderoso, el rey Sol como fuente de toda magnificiencia y fuerza, que nace y muere cotidianamente para vencer eternamente sobre la oscuridad. Ese mismo dios Sol que en Turba, ancestro de Teruel, los celtíberos ya dotaron de la magia procreadora, fértil y belicosa cuando escogieron -seguramente al dictado de fuerzas para nosotros incompresibles- que aquel altiplanicie gélido y fértil serpenteado por un rio que más tarde se denominaría Turia, sería el Lugar, un lugar mágico que albergara su existencia y las de sus descendientes. Una tierra bruñida por pueblos dispares que a fuego y sangre esculpieron un pasado convertido en cenizas de donde surgen a doquier restos diminutos de donde imaginamos comercio, ritos, luchas, cacerías, dioses, fertilidad y muerte, que no olvido.
Como en otro lugar y en otro tiempo, también en una altiplanicie situada en el centro de Mexico se erigía al Dios Sol y a su benevolencia y cómo no, a su ira sobre todo lo humano y divino, pirámides desde donde derramar la sangre fertilizadora, desde donde la vida se transfería a lo trascendente y a la magnificencia del paraíso. Un lugar mágico conectado, estructurado desde el norte al sur, desde el este al oeste como una dispersión de coordenadas que buscaran el infinito de su propia grandiosidad. Los mexicas abrieron las puertas al misterio teotihuacano aún sin resolver pero que, a igual que entonces, conserva la magia de un emplazamiento humano con dimensiones y objetivos que se nos escapan. Grandes avenidas, espacios grandiosos que nos dan medida de una sociedad populosa y organizada, próspera pero abandonada sin una razón que ni los dioses ni los terrenales nos argumenten.

Cuando la tierra tiene el color de la sangre, las arcillas que la conforman componen historias que anónimas manos mágicas cuentan a través de las formas y los usos. Legajos inconformes con un destino anónimo que llegan a nosotros en formas de cerámicas y murales para descubrirnos retazos de historias que, como en un rompecabezas, compondremos para crear un hilo conductor que se adentre en el pasado y descifrar modos de pensamiento y vida. Dos pueblos perdidos entre ellos en medio de coordenadas temporales y espaciales que sólo el mundo mágico e incompresible que desciende de las estrellas y emana desde el origen de la tierra puede comprender. Dos Lugares que marcaron para siempre señales venidas del cielo, dos historias contadas a través de arcillas rojas como sangre derramada por el valor, por el más allá, por rituales umbilicados en dioses como el Sol y la Luna; Lugares tan diferentes como los Monotes en Teruel o la calle de los Muertos en Teotihuacan enraízan sus orígenes en universos mágicos que, cómo pócimas procreadoras, fertilizan la historia humana dotándola de la savia necesaria para que los dioses que la abrazaron, sigan creyendo en nosotros, no sabemos si justos herederos del misterio que encierran.

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