Me estaba tomando tan ricamente un café de emergencia, un café de esos que te tomas precipitadamente sin mirar dónde entras ni quién te lo sirve, acuciado por la necesidad de monedas para introducir en el culo de esas máquinas diabólicas apostadas en las aceras. La cafetería inmunda era un lugar pequeño y mas bien oscuro, con una barra más alta que el Aneto y de una fórmica que hasta a los años debia dar asco pasar por ella. Con las prisas pasaba del tema olímpicamente, así que, con los cambios en las manos me centré en soplar sobre el café.
- No me puedo imaginar cómo sería el café –apostillaba Conciencias-
- Ni yo, pero seguro que en peores sitios he metido los morros y gracias a San Tadeo el fuerte, tengo el estómago a prueba de bombas californianas. –le replico-
En esto que alzo la vista y colgada del techo, una flamante tele emitía una programa de esos seudo-culturales chachis pirulis. El camarero, probablemente propietario de la cueva, frente a mí, miraba el espectáculo. Unos jovenzazos con pintas de modernos guays (ropa deportiva, pantalones vaqueros ligeramente caídos, pendientes finos, pelo engominado con aires de cresta (de gallo palanquero) y sonrisa simplona hablaban de sus aficiones. Que si el gimnasio, que si la disco, que si los coleguis…Sentados, una pequeña troupe del mismo corral o parecido (pero ya con gallinas en celo) reían las gracias. Ensimismado en la estampa, no paraba demasiada cuenta de las estupideces que contaban referente creo, a cómo se ligaba.
El pérfido propietario con ojos de halcón de urbe y capao, me mira de pronto y me suelta sin perdón.
- Yestos zánganos ¿de qué vivirán? Señalando, sin saberlo, con el mando a distancia a su propia adolescencia reflejada en aquel monitor-
Con la seguridad de tener los ansiados cambios de moneda en mi bolsillo, mi instinto planificó una huída rápida en caso de necesidad extrema, antes de contestarle.
- Pues muy fácil.
Dejé pasar unos segundos antes de continuar. Lo cierto es que, el payo me miró fijamente porque de seguro que en su fuero interno esperaba de aquel cliente, calvo y con boina, alguna respuesta inteligente.
- De los gilopollas que ponen ése canal.
Juro que por unos instantes, su inconsciente alzó el mando en actitud de cambiar de canal a toda pastillas, pero su “yo” más cutre, ése que se reflejaba entre la mugre de un espejo con estanterías repletas de botellas, le puso en guardia, para devolverme una mirada de asesino en serie.
Pero ya estaba en la puerta, camino al culo de la máquina para depositar en él las monedas con las que imprimir una hora de perdón municipal.
- Que sepas que cada uno hace el Gili.. de una manera diferente listo, pero al final, todos de la misma peña -me puntualiza Conciencias-
- La habrán ascendido –pienso-
- Señor, -me dice toda amable- No necesita tique porque ha aparcado fuera de la zona azul.
Tienes razón, Conciencias. Lo sé. Pero algunos lo llevamos en el carné de identidad junto al número y no vamos de incógnito.
Tienes razón, Conciencias. Lo sé. Pero algunos lo llevamos en el carné de identidad junto al número y no vamos de incógnito.
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