Debajo no siempre hay pelo, pero seguro que hay un pensamiento. Un Blog de Carlos Querol Pinardel.
miércoles, 25 de septiembre de 2013
Gusanos negros
Me encantan los trasportes públicos !!!!!!. Como los críos cuando salen de viaje cargados de adrenalina y testosterona que se sientan al final de autobús como en una trinchera donde sentirse seguros, dominando visualmente la situación, y preparar con impunidad tratada tras trastada, así busco yo las últimas butacas. Con la sangre limpia de cualquier efluvio hormonal capaz de alterarme (salvo imprevistos), me posiciono en el posible mejor mirador del bus para, observando a la gente, imaginarme caracteres, situaciones, adivinar frustraciones, ilusiones, derrotas, empeños..., admirar cuerpos hermosos y otros a los que la naturaleza en unas ocasiones y en otras aliadas por la dejadez, juega malas pasadas. Un cura cuya edad cabalgaba entre la madurez y la senilidad, enfundado en una sotana negra impecable, picó su bono y cabizbajo,sorteó a todos los pasajeros de la plataforma hasta sentarse a mi lado. A esas alturas de la caminata, sus gafas se había escurrido hasta casi el final de su larga y picuda nariz sin posibilidad de devolverles a su posición original debido al zarandeo a que nos somete el trasporte público. Una vez sentado y recuperada la parsimonia que se le supone por su condición de aforado de Dios, tuvo a bien de darme el placer de empujar con su dedo las gafas hasta donde, como también se supone, deben ir colocadas una gafas decentes. Una vez superada la crisis de nervios por culpa del artilugio graduado, pude comprobar que, a diferencia de algunos mortales que saludamos a quien va a compartir con nosotros unos minutos de viaje, éste en particular, el silencio que le colgaba era tan negro que se confundía con su sotana. Cruzó las manos sobre su regazo en una aptitud de falsa oración o meditación. Con su mirada y frente erguida, a este soldado de Dios, lo delataban su nariz cornuda y finos labios, su tez blanquecina e impecable corte de pelo. No pude resistirme el levantar mi culo y cambiar de perspectiva para afrontar un cara a cara con aquel tipo. Desde la plataforma central de bus, miré a través de sus ojos hasta llegar a su niñez, en ese terrible día donde un ser humano vulnerable, confundió su timidez con un susurro de Dios, ese instante en que sus padres decidieron que un alma tan débil, sólo podría cuidarla la obra divina. Pero por su pecho, desde hacía muchos años sentía un terrible ardor que ningún medico adivinaba el origen, nadie era capaz de aliviarle. Aunque apenas nos separaban dos metros, yo vi cómo su juventud llena de ilusiones mudas,ya agusanadas por el tiempo, trepaban peludas por su pecho en busca del aire que todos respiramos sin vergüenza, produciéndole tal irritación que pareciérale el mismo infierno en el pecho. Sabía el remedio para su dolor, sabía el módo de tragar de una vez por todas esos bichos que matan sin piedad, pero algo me dijo en mi interior que pese a todo, cuando por las noches cerraba sus ojos, por una vez se sinceraba con su Dios y le daba gracias por protegerle del miedo que siempre tuvo a la Vida.
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