miércoles, 7 de agosto de 2013

La liturgia del verano

Todas las estaciones tienen para mi su liturgia particular, porque no están ahí por casualidad. Cada estación significa un cambio y cuando se vuelve al principio, se cierra un círculo personal, se completa un año, una etapa, un paso hacia algún lugar que, a priori, desconocemos. Los que de alguna manera intentamos vivir acordes con los pulsos de la naturaleza y sintonizarnos con un modo de vida de respeto mutuo, el verano es para mi organismo, con diferencia, la peor de las estaciones. Aún con lo agradable que resulta la abundancia de frutas dulces en esta estación, la variedad de hortalizas que se ingieren frescas y crudas, aún cuando es la estación que más dura el día y más apetece salir de la cueva, aún con todo, yo no termino de disfrutarla y de seguro que el culpable soy yo. Sudar por todos y cada uno de los poros que Dios tuvo a bien colocar en mi piel (ahí si que fue generoso el buen Hacedor) tendrá una gran ventaja desde el punto de vista salubre por aquello de eliminar las toxinas que se acumulan y que mi cuerpo lo hace a la perfección, pero resulta un peñazo excesivo. El mundo laboral se precipita a finales de julio de manera que más parece que nos adentramos al principio del fin de mundo que de las benditas vacaciones. Todo son prisas por terminar lo que está a medias, a mediados de julio todo adquiere una velocidad y una necesidad ansiosa inusitada para en septiembre, preguntarnos ¿y para qué?. A eso hay que sumar las vacaciones de los niños (afortunadamente un problema menos para mi), histéricos para estas fechas porque barruntan el desenfreno que se acerca y la no menos fatídica pregunta del siglo XX y XXI ¿ande vamos estas vacaciones?. En fin, que personalmente quemaría a este par de desgraciados que son julio y agosto.
A pesar de todo y como no queda más remedio que tirar para adelante con esto que tiene el mundo de dar vueltas, el verano, como cualquier otra estación tiene para mi su propia liturgia (como decía al principio. Y una costumbre o rito de esta liturgia que instauré en mi vida fue "la visita al cementerio".  No como la de todos los santos, no. Es otro tipo de visita. Repaso mentalmente cada uno de los “cadáveres” que he ido dejando atrás a lo largo de mi vida. Amigos que compartieron todo conmigo y que por una causa u otra, terminaron casi en el olvido, personas que por diferentes motivos me marcaron por sus enseñanzas (no siempre positivas, pero sí aleccionadoras). Me encanta recrearme en esos momentos gloriosos que te regala la vida compartido junto a otras personas y aseguro, me gustaría por un momento volver y decir aquello de …. ¿oye, y te acuerdas de cuando …….?.  
Siempre he creído que por la vida hay que ir ligero de equipaje (espiritual y físicamente), como todos los animales que pueblan la naturaleza y que todo tiene su ciclo, incluso las personas cuando nos relacionamos. Por eso conviene tener en un rincón del alma un cementerio donde poner flores a todos los muertos que nos han enriquecido, entre otras cosas porque es de bien agradecido. 

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