sábado, 25 de mayo de 2013

Mis vecinas las chonis

Torrero era un barrio obrero de Zaragoza algo particular. Sólo se podía acceder a él por un puente y yo lo crucé sin mirar atrás hace cerca de cuarenta años con una mochila llena de ilusiones y futuro. A veces me asalta la certeza de que los avatares de las personas (particularmente en mi vida) forman un círculo, de tal manera que volvemos a nuestros orígenes emocionales y físicos, pero con otro equipaje. Yo he vuelto a cruzar ese mismo puente no hace ni medio año con la mochila llena esta vez, de recuerdos. Como debe ser, todo ha cambiado. Ahora lo correcto es definirlo como un barrio multicultural. Convivo con unos pocos chinos que regentan los pocos comercios tradiciones que quedan, negros, polacos, marroquíes, argelinos, rumanos,....unos pocos abuelos oriundos del barrio que salen de sus casas agachadicos y a todo meter, como temiendo a algún francotirador, o al atracador, o a qué se yo. Pero sobre todo, quedan gitanos (de los de negro) y las chonis. Confieso que nunca las había visto ni oído tan de cerca. Me las suelo tropezar en dos zonas según sea verano o invierno, pero casi siempre en el mismo sitio: un pequeño bar (antes se llamaban tascas) frente a una plazoleta y sentadas en las breves escalinatas de otro bar más grande. Reconozco que me desvío en muchas ocasiones para verlas y oírlas: con enormes tetas amenzando saltar de sus escotes y comerse la miseria de los chulicos tatuados que las escoltan, los pantalones tan ceñidos y cortos que apenas cubren una cinta que, cual gusano impúdico, se adentra hacia las oscuras profundidades de su trasero; son crías que -estoy seguro- algunas de ellas todavía se descuelgan de la adolescencia. Cabreadas, maldicen voz en grito con espavientos plañideros y gestos que, aunque obscenos, de tan cutres, producen gracia. Contentas, cantan a dúo canciones melodiosas de desengaños, de abandonos, de amores incomprendidos, de quereres hasta la muerte. Y entre un estado y otro, se abandonan en cualquier postura rumiando chicle, calando cigarros que van pasando de morro en morro hasta dejarlo rojo pasión del carmín. A veces se quedan como embelesadas mirando sin ver, mirando el querer que nunca tendrán de sus hombres, gallitos más maduros que ellas con la piel bordada con lagartos, serpientes, rostros de Cristo, sandocanes.....Machos que las vigilan como a perras en celo. Si miran las uñas, se retocan los moños, se vigilan las tetas, se las remangan y repretan para acentuar la profundidad de la caneleta. De vez en cuando se incorporan para subirse las pantys al nivel que marca la incipiente barriga. Todo un triste ceremonial gestual que se repite día tras día.
- ¡¡¡ Déjame en paz puta de los cojones y deja de chuparme el chocho con tanta mierda..... cabrona !!!
Saltó la chispa y será el preludio de una bronca que dará sentido a este día porque a esas niñas que juegan a mujeres, alguien les robó a mano armada su existencia para dejarlas vacías y tiradas de esa guisa en un mar muerto de horas, días y años en los que, seguramente, se ahogarán.






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