El pasado día, me tropecé con un viejo amigo. Nuestra
amistad databa de una época en la que muchos españoles descubrimos a fuerza de
amargura, la palabra "inflacción", ahora de uso corriente, pero en
aquel entonces muchos la aprendimos a fuerza de buscar un empleo que no
encontrábamos y por el que todos suspirábamos. Por la televisión y prensa de
entonces, aprendí que aquella desgracia se llamaba crisis y la desencadenó la
inflacción. Eran tiempos hermosos no obstante: estudios terminados (y si no,
pues tampoco importaba), juventud y un futuro por construir. No nos resulto
dificíl reconocernos porque a pesar de que nuestros rasgos físicos habían
sufrido notables transformaciones, conservábamos el mismo aire por el que nos
reconocimos. Me alegré de verle, pero pasado el minuto inicial de nuestro
encuentro (abrazo efusivo, apretón de manos intenso, mirada escudriñadora y
repaso a lo alto y ancho de nuestra anatomía) nos repetimos al unísono la
obligada pregunta de rigor: ¿pero qué es de tu vida?. Mi silencio cortés lo
interpretó como una licencia para hacer de mi saludable educación una conferencia
sobre el triunfo personal ante la adversidad, sobre cómo se construye el
imperio de la felicidad sobre un mercedes, un chalé en no se dónde, los veranos
en la montaña, y la bodega de su casa en montecanal, la carrera tan
impresionante de los hijos, para terminar con un doctorado en política de la
verdadera, es decir esa que empieza por la frase "lo que yo te diga"
y " no te equivoques". Lo cierto es que a los dos minutos mi cerebro
(que es un borde) se desconectó y sólo filtraba las frases precisas para no
perder la idea de la conferencia. No me quejo porque a veces también se
aprende, pero por lo demás, puro coñazo, así es que mientras me detallaba la
decoración de su bodega (una colección de antigüedades no es muy original, pero
da mucho de sí) mi pensamiento se largó por otros derroteros, recordando
algunos detalles de nuestra amistad. Recordé algunas noches de fin de semana,
cuando quedábamos en una cantina cutre del barrio con gramola incluida y
futbolín. La C5 era “la Lontananza” de Domenico Modugno, un italiano del que a
la postre se conocía al dedillo sus letras y gustaba imitar (y no lo hacía nada
mal). Esperábamos a juntarnos la cuadrilla de amigos con chatos de vinos en
unas mesas de madera que hasta las moscas temían posarse para evitar quedarse
atrapadas por la mugre. Lo importante era que por 100 de las antiguas pesetas,
el vino espeso nos ponía a mil por hora las hormonas, teníamos música y un par
de partidas al futbolín para que la adrenalina se pusiera en marcha. Después de
aquello, el resto de la noche era pan comido. Pero lo mejor era la vuelta a
casa. Andando desde el centro de la ciudad, cogidos del hombro (hoy nos cuestionarían
nuestra hombría) recordábamos entre risas las anécdotas de la noche, casi
siempre historias sobre ligues frustrados, de enamoramientos imposibles, de
bailes "lentos" con chicas de ensueño.... En las noches de verano
cruzábamos el parque de Pignatelli andando sobre una nube etílica que nos
obligaba a tirarnos sobre los bancos para recuperar el aliento y allí, en pleno
agotamiento, terminábamos elucubrando, soñando, imaginando nuestro futuro, maldiciendo
todo aquello que se interponía entre nosotros y el éxito y que no entendíamos
muy bien porqué pasaba.
Decidimos dejar la anónima frialdad de la acera en la que
nos encontramos, por la calidez de una cafería próxima. Un café y un cortao
dieron paso -creo recordar- a relatarme unos cuantos viajes
exóticos. Como la cosa iba para largo, mi puñetero cerebro hizo otra de las
suyas y se me largó por los túneles del tiempo a través de conexiones
neuronales que la verdad, consideraba ya como perdidas y rememoré cuando una de
aquellas noches, un amigo en común lloraba como un niño porque su chica se
largó con otro. Lo cierto es que ver llorar y sufrir a un chavalote como aquel,
como lo éramos todos, ahora me impresiona mucho más que entonces. Todos
compartíamos su desconsuelo y amargura porque seguramente la quería de verdad,
porque seguramente era su primer amor, ése amor que te ponía la carne de
gallina cuando la besabas y te pegabas dos noches sin dormir de la emoción, ese
amor del que ya te veías con retoños, trabajo, coche y fortuna. Pero este chico
se equivocó en la elección, la verdad sea dicha, porque todos sabíamos que se
suponía un dulce con aspiraciones a pastel de chocolate y era cuestión de
tiempo que al pobre le pasara factura su sueño imposible. Aquella noche la situación
nos amargó la madrugada. Todos como una piña le arropábamos como podíamos y sabíamos:
unos con chistes y gracias que venían a cuento, otros con consejos baratos
frutos de nuestra inexperiencia, otros con lamentaciones y sentencias que
definían de alguna manera al género femenino, otros callaban y oían porque en
el fondo escondían un amor del que temían que les pudiera pasar tres cuartos de
lo mismo. Al final llegaba el agotamiento, llegaba la claridad del nuevo día,
el frescor de la mañana y el silencio. Ya no quedaban lágrimas, consejos ni
chistes. Ahora me doy cuenta que era el momento inexorable del tiempo. Nos
fuimos cada uno a nuestra casa, pasaron los días y aquella noche se convirtió
para todos en una anécdota más, una noche donde algo se pierde y se despoja y
al mismo tiempo te une. Nada más. Seguramente mi amigo recordará de por vida
aquellos besos, aquellos tocamientos en la oscuridad de la discoteca, aquel
amor fresco, luminoso; recordará de por vida su nombre que se repetía y
escribía por doquier en cuadernos, paredes, y puertas de baños junto a
corazones henchidos y orgullosos. Será un recuerdo al que se aferrará en
ciertos momentos porque son regalos que la vida nos deja para que podamos refugiarnos,
acurrucarnos en él, sentir calor y humanidad.
Ya no quedaba ni café ni cortao en las tazas cuando me
devolvió la temida pregunta ¿y tú qué tal?.
No me dejó pagar la consumición ni yo insistí. A ver si nos
llamamos -mentimos-. A ver, nos contestamos. Seguramente mi viejo amigo como
tenía tantas cosas que contarme, no tuvo tiempo de recordar lo más importante
de nuestra amistad. Lo único importante que nos unió un tiempo. Lo más importe
que hoy hace que yo, a mi amigo, le tenga que agradecer lo feliz que me hacía oír
sus canciones de Domenico Modugno y que forman parte para siempre de un bello
rincón de mis recuerdos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario