Gregoria era octogenaria en un cuerpo delgado que dibujaba sin reparos la mayoría de sus articulaciones y revestida de una piel arrugada de donde saltaban inquietos dos menudos y escrutadores ojos. Su altura y delicado cuerpo, le daban un aspecto envidiable para su edad. Se sentaba casi siempre en el mismo lugar, una mesa alta redonda donde sólo era posible sentarse sobre una banqueta sin respaldo. Unas gafas discretas de concha azul claro funanbulaban en el extremo más impredecible de su nariz. Un sencillo jersey fino de cuello alto, unos pantalones de corte clásico y un moño que recogía su abundante pelo cano, sin complejos, completaban su aspecto de señora asentada en su edad, pero que mira aún con rencor la juventud que un día le robó los años.
La taberna con decoración escocesa a esas horas de la mañana en las que Gregoria acudía fiel a su cita con el descanso estaba atiborrada de gente variopinta con sus mismas aspiraciones. Se situaba sobre una banqueta para poder desplegar su periódico sobre la reducida y elevada mesa redonda, para colocar su cortadito en un extremo. Sus dedos largos y finos se movían con lenta precisión entre los titulares, haciendo de guía a sus ojos que seguían con fidelidad la ruta que marcaban sobre el papel.
Su larga vida de funcionaria y soledad profunda había forjado su carácter con filigranas modernistas y sus ademanes con gestos severos, firmes y de hierro templado. Su mirada reposada navegaba entre mares de opinión, asertivos artículos, complacientes titulares para, de vez en cuando, escrutar el entorno y volver sobre el papel.
Todo en ella era igual desde hacía no se sabe ya cuánto tiempo. Cuando aprobó las oposiciones su vida se fue acomodando poco a poco a la sencilla placidez de la burocracia, en el anodino deambular de las horas, de los meses, de los años y de las décadas. La soledad entró un buen día por la puerta entreabierta de su tiempo para acomodarse en su corazón. Las amistades y los amores pasaron como en una procesión previsible, silenciosa y media luz de candelas e inciensos que llenaron de luces y sombras su existencia. Rondó la muerte y la vida a su alrededor, fantasmas y anodinos duendes que confundieron sus noches, y así quedó Gregoria, en esa estación vacía donde las vías chirrían más por el abandono que por el paso de anónimos trenes.
En su memoria quedó tatuado el día en que como una clarividencia, percibió su virginidad como la costra de una herida que el destino le produjo, dura, agreste y definitiva. Y esa misma mañana escrutó por primera vez sus pechos con sus manos; no como una caricia, sino como una constatación de su triste existencia.
Removía el cortado con parsimonia mientras consumía con avidez un artículo. Sus largos y finos labios de pronto, dibujaron una leve sonrisa. Su espalda se curvó hacia el texto para no dejar escapar un matiz de aquel texto. Levantó su mirada con la rapidez del rayo para volver enseguida al mismo lugar, una vez se cercioró de su anonimato en medio de toda aquella gente que tomaba su desayuno ajena a su vida.
Sabía que algún día alguien percibiría esa ausencia, alguien daría la voz de alarma sobre algo tan fútil pero necesario y que después de mucho, mucho tiempo, algún avispado caería en la cuenta de que estaba sucediendo. Era el momento de Gregoria. Era su momento y le pilló así, un día corriente a una hora simple pero que aquel titular lo vistió de gala. Su respiración se aceleró y no conseguía, debido a su delgadez simular la agitación de su pecho movido por la emoción. Se quitó las gafas con ademanes presurosos distintos a los que durante 40 años finalizaba la lectura del periódico.
Desde el extraño día en que encontró el primero, hizo de aquel secuestro un ritual que llenó los enormes huecos que tenía su vida, tendiendo un puente entre los abismos de su soledad y una labor que se convertiría en el verdadero sentido de su existir, dotándola de la fuerza necesaria para afrontar su destino con el orgullo de quien se sabe predestinada para llevar a cabo esa labor.
Recorría las calles a partir de la caída de la tarde, justo en la frontera con la noche y antes de que ésta inundara la ciudad. Deambulaba sin destino fijo porque podía encontrar una víctima en cualquier lugar, a cualquier hora, en el rincón de la ciudad más común o al contrario, en el más inhóspito. Y lo que empezó siendo un mero capricho de su soledad incierta, se convirtió con el tiempo en una avidez desenfrenada que le
consumía en ocasiones en las horas previas.
Convencida como estaba de que nadie echaría en falta a sus víctimas, se afianzó en el hábito cotidiano de sus cacerías hasta que, el tiempo se fue acumulando en la misma charca que sus criaturas y el nivel que adquiría amenazaba con rebosar la discreción, situación que conforme se formaron las arrugas en su cuerpo, le resultaba más evidente la imposibilidad de mantener oculta su fechoría.Y es que Gregoria, robaba amores huérfanos y los enterraba en la parte trasera de su casa, donde crecían Abufilias comunes que al florecer, desprendían unas diminutas esporas que, suspendidas en el aire, recorrían los desiertos humanos hasta que se posaban y enraizaban para formar un bulbo de la que emergía una flor celeste y carnosa de un solo día, pero capaz de matar de pura melancolía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario