sábado, 25 de mayo de 2013

El abuelete del bus

- Buenos dias - saludó el abuelete al sentarse junto a mi asiento en el bus- 
-Buenos son, -le contesté sorprendido- buenos son aunque nos ahogemos
-Me gusta saludar por aquello de no perder las buenas costumbres -se excusó-
-Hace bien buen hombre. Nos hemos vuelto salvajes. -sentencié-
El abuelete se aferraba con las dos manos al asidero del asiento delantero en una postura forzada disparando miradas inquietas por unos ojillos diminutos sumergidos en arrugas impenitentes.
-Oiga, es que ya no hay educación.
No recuerdo ya la retaíla de opiniones que me vomitó sin piedad en apenas 10 minutos porque, sin quererlo ni desearlo, la corriente de su soledad me arrastró sin piedad por cada uno de los surcos que la impaciencia labró en su rostro, porque el abuelico aferrado con sus gruesos dedos al asiento delantero , se comió la vida sin masticar un sólo bocado y ahora, en ese preciso instante, Aquilino -que así se llamaba- el tiempo le ardía en el estómago y se preguntaba si merecía la pena nacer para terminar hablando en el autobús con un tipo como yo, perdido entre sus recuerdos huerfanos.


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